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Diario digital de Manuel

El cuento de la lechera

Ahora creo que sé el motivo de mi parecido a Clooney, era por las bolsas de los ojos; pero me he enterado por la prensa que se las ha operado. Vaya, la ficticia ilusión de figurarme a ese actor, se queda en el pozo de los desengaños y la vida sigue, impasible. En verdad, la tristeza que tengo hoy está más relacionada con noticias como la de Delphi, en Cádiz, Vitelcom, en Málaga, o el predicable futuro de algunas industrias, que me cuenta, en un cálido e-mail, mi amigo Juan, en Jaén.

Hay varias cosas que mi mente no me alcanza. Por ejemplo, las mastodontes cantidades de ayudas y subvenciones a fondo perdido que los líderes, empresarios y equipos de dirección de estas empresas reciben de la administración pública, entrando en un círculo vicioso del que es difícil salir.

Recuerdo en la década de los ochenta y principios de los noventa, cuando me empapé en la gestión de expedientes para solicitar ayudas a Incentivos Regionales, la antigua I+D regional, el IFA, etc. Además de presentar detallados proyectos de inversión, justificando hasta la última peseta de entonces, pedían un plan estratégico a cinco años, con detalle de las previsionales cuentas de resultados, balances de situación y preceptivos cash flow.

No entraré a las actas de no inicio, auditorías, inspecciones, etc. Todo un, supongo, necesario, pero burocrático, calvario. Así, el empresariado que obtenía la ayuda, además de merecedor de una medalla por su constancia y sufrimiento, tenía casi todas las cartas para conseguir sus declarados objetivos: materializar la inversión, crear puestos de trabajo y aportar valor económico en su ámbito territorial de actuación.

Por tanto, ya entonces era impensable hacer negocio con esos apoyos financieros. Maderas Rodríguez, Lejías Continental, Virgen de la Oliva, etc. son experiencias vividas que me gusta recordar de vez en cuando, no ya por el laborioso trabajo de diseño, concepción, puesta en marcha y justificación, sino porque, pasado unos años en unos casos, y décadas en otros, la inversión sigue generando valor económico y social.

Por eso, me duele lo que presuntamente ha pasado con esos grandes inversores, que tienen abiertas la puerta de los despachos de las direcciones generales, consejerías y presidencias y que al abrigo de cuentos de lecheras multilingües, adornados con expedientes floreados de datos previstos, a su vez, avalados por firmas de “reconocido prestigio” en auditorías y pools de influencias, y con el visto bueno de los organismos nacionales y europeos de turno, reciben cuantiosas ayudas y subvenciones sin, como se ha visto, recibir prácticamente, ninguna garantía a cambio, en caso que el cuento sea eso: cuento.

Hoy, de nuevo, nos rasgamos las vestiduras y salimos a la calle, porque es que se nos tenía que caer la cara de vergüenza, pero me apuesto lo que me quede de credibilidad a que, pasado un tiempo, si te he visto no me acuerdo. Y llegarán otros cantamañanas montados en sus ferraris, aviones privados y trajes de D&G y no llamarán a las puertas, porque ya estarán abiertas de par en par.

Mientras, los que vestimos tipo Emidio Tuccy (vaya, otra vez tuvo que salir el Clooney) o con trajes del querido sastre de la esquina, después de convencer al empresario de turno de la necesidad de invertir razonablemente, arriesgando lo necesario para un futuro mejor, preparamos el plan de negocio e iniciamos el tortuoso camino para obtener las migajas de la grandiosa tarta de ayudas, asumiendo que el funcionario de turno nos mirará por encima del hombro, porque no llegamos en un Mercedes, no tenemos un ático en Nueva York y no lo vamos a invitar en nuestro rumboso restaurante. Lo sé, la vida misma.

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