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Diario digital de Manuel

El valor de nuestro trabajo profesional

Desfilaba mediados de la década de los ochenta (siglo pasado). A caballo entre la escuela de empresariales y la facultad de económicas, finalizada la etapa de pasante de despacho, con un contrato indefinido debajo del brazo y la dispensa del servicio militar, por hijo de viuda, en el otro. Memorables las meriendas en el bar de la Escuela de Artes y Oficios, en el barrio El Egido (ciudad de Málaga, España).

La persona que lo regentaba hacía que el lugar fuera de lo mejor de ese minicampus universitario.Una tarde de mayo me dice: Manuel, tengo que hacer la Renta, ¿me puedes ayudar? Se ve que había prestado oído a varias de las tertulias económicas, financieras y fiscales que el grupo de compañeros de la clase monopolizaba en el recinto y pensó que podría echarle una mano. ¡Cuando tú quieras!, le respondí. Al día siguiente me entregó una carpeta con toda la documentación.

El trabajo fue sencillo, una declaración de un empresario autónomo y poco más. A la consecutiva tarde le entregué la documentación y el impreso relleno con las instrucciones para su tramitación. ¿Cuánto te debo? Me pregunta. Un café y soportarnos el año que viene. Indiqué, no sin sonrojarme antes y después.

Una tarde de la semana siguiente, me entrega una bolsa con dos botellas de Marqués de Cáceres (creo que era reserva). Me quedé cortado. ¡Para que os toméis unas copitas a mi salud y aprende a valorar tu trabajo, Manuel! Espetó. Lógicamente, la calidad del producto en sí no supe valorarla (años después, en Mollina, empecé a estimar el sabor de un buen caldo), pero el final de su frase, todavía lo llevo en mi corazón. Amigo, yo si que tengo contigo un perene agradecimiento pendiente de saldar.

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